En un pequeño y antiguo pueblo español, donde las casas de piedra resistían el paso del tiempo y las campanas de la iglesia marcaban el ritmo de la vida, corría un murmullo que nadie osaba ignorar: cuando la niebla desciende, es mejor no salir.
Los más ancianos aseguraban haber visto una silueta envuelta en bruma, una mujer con un vestido negro que flotaba entre las callejuelas empedradas, sosteniendo una linterna de tenue luz. No tenía rostro, solo un velo oscuro que ocultaba su identidad. Era la Dama de la Niebla.
Un juramento incumplido
Cuenta la leyenda que, hace siglos, en una época de caballeros y traiciones, vivía una joven noble llamada Isabel de Aranda, prometida en matrimonio a un guerrero que nunca regresó de la guerra. Cada noche lo esperaba en la colina, con una lámpara encendida, como le había prometido antes de su partida.
Las estaciones pasaron, y el invierno cubrió el pueblo de escarcha. Isabel seguía encendiendo su lámpara, aún cuando su familia le insistía que abandonara la esperanza. Pero su amor era más fuerte que la razón.
Un día, un jinete llegó con noticias desgarradoras: su amado había muerto en batalla meses atrás. Isabel, devastada, se adentró en la niebla con su lámpara y nunca más se le volvió a ver.
El regreso de la Dama
Desde aquella noche, cada vez que la niebla cubre el pueblo, una mujer aparece entre las sombras, con la misma lámpara tenue en la mano.
Los aldeanos aseguran que es Isabel, condenada a vagar por la eternidad, buscando a su prometido. Algunos dicen que si la ves y le hablas, estarás marcado… y que la próxima vez que la niebla caiga sobre el pueblo, serás tú quien desaparezca en la bruma.
Las campanas de la iglesia aún suenan antes del amanecer, y los habitantes cierran sus puertas cuando la neblina baja. Porque todos saben que La Dama de la Niebla sigue esperando.