En los tiempos en que los templos de piedra tocaban el cielo y los dioses caminaban entre los hombres, los antiguos mayas creían en un vínculo sagrado entre los jaguares y el mundo espiritual. Eran guardianes del equilibrio, seres de poder enviados por los dioses para proteger la selva y su sabiduría oculta.
Pero los tiempos cambiaron. Los conquistadores llegaron, los templos fueron olvidados y los jaguares comenzaron a desaparecer. Sin embargo, la leyenda dice que uno aún sigue vivo, escondido en la espesura de la Selva Lacandona, el último refugio de los espíritus antiguos.
El pacto sagrado
Hace siglos, reinaba en la gran ciudad de Yaxchilán un poderoso ahau (rey) conocido como Balam Ahau, «El Señor Jaguar». Sabía que el fin de su linaje estaba cerca, pues los invasores avanzaban y su pueblo ya no tenía fuerzas para resistir. En una noche de luna roja, subió al templo más alto y suplicó a Kinich Ahau, el dios del sol, que protegiera el alma de su pueblo.
Kinich Ahau, conmovido por su lealtad, le concedió un don:
“Mientras quede un jaguar en la selva, la memoria de los mayas no morirá.”
Con esa bendición, el espíritu de Balam Ahau se fusionó con el último jaguar de la selva, convirtiéndose en su guardián eterno.
El regreso del Último Jaguar
Desde entonces, los chamanes de la selva dicen que un jaguar de ojos dorados deambula por los caminos ocultos de la Lacandona. Su presencia es un augurio:
- Si se cruza en tu camino y te mira fijamente, es un mensaje de los dioses.
- Si te ignora, significa que aún no estás listo para conocer la verdad.
- Pero si lo desafías… te perderás en la selva para siempre.
Los cazadores que han intentado atraparlo nunca han regresado. Solo han quedado sus huellas en el lodo, desvaneciéndose en la maleza como si nunca hubieran existido.
Cuando la luna llena ilumina la selva, los jaguares que aún quedan rugen al unísono, llamando a su antiguo rey. Es su manera de recordar que Balam Ahau sigue ahí, esperando el día en que su pueblo resurja de las sombras.
Porque mientras el Último Jaguar viva, la memoria de los mayas jamás morirá.