Hace mucho tiempo, en las tierras selváticas de lo que hoy es Argentina, vivía una joven indígena llamada Yara. Su belleza era solo comparable con su dulzura y valentía. Sin embargo, en tiempos de guerra, la desgracia cayó sobre su pueblo cuando una tribu enemiga los atacó sin piedad.
Yara fue capturada, pero en lugar de ser sacrificada, fue liberada bajo extrañas circunstancias. Se decía que el jefe enemigo la había dejado ir, conmovido por su espíritu indomable. Sin embargo, cuando regresó a su aldea, su propia gente la acusó de traición. “¿Cómo pudiste escapar cuando tantos de los nuestros murieron?”, le decían con desconfianza.
Ninguna palabra de Yara fue suficiente para convencerlos de su inocencia. La furia y el miedo nublaron el juicio de los ancianos, y pronto su condena fue decidida: sería ejecutada al amanecer.
Esa noche, atada a un tronco y vigilada por los guerreros del pueblo, Yara miró al cielo y susurró su último deseo. No pidió clemencia ni venganza, solo suplicó a la madre tierra que la acogiera, que su espíritu no se perdiera en el olvido. Sus lágrimas cayeron sobre la tierra y fueron absorbidas como si la selva misma compartiera su tristeza.
A la mañana siguiente, cuando el sol bañó la aldea con su luz dorada, Yara ya no estaba. Los guardianes, atónitos, encontraron en su lugar un árbol de ceibo con flores de un rojo intenso, como si fueran gotas de sangre brillando entre el follaje.
Los ancianos sintieron entonces el peso de su error, pero ya era tarde. Desde ese día, el ceibo florece cada año como un recordatorio de la injusticia cometida. Dicen que en las noches de luna llena, cuando el viento sopla entre sus ramas, se escucha un susurro.
Algunos dicen que es la voz de Yara, llamando a los inocentes para advertirles del peligro. Otros creen que es la selva misma, llorando por los errores de los hombres. Pero todos coinciden en una cosa: quien se detenga a escuchar el susurro del ceibo, jamás lo olvidará.