En las costas del Brasil colonial, cuando las carabelas surcaban el Atlántico en busca de riquezas y gloria, los marineros temían algo más que tormentas o piratas. Había un peligro oculto, una amenaza que no se veía pero que se sentía en lo más profundo del alma: el canto de la Sirena Negra. Decían que su voz no era dulce como la de otras sirenas de los cuentos europeos, sino profunda y etérea, como un susurro que se filtraba en la mente, sembrando desesperación y atrayendo a los hombres hacia el abismo.
Cuenta la leyenda que en el siglo XVII, un barco portugués llamado Ouro Verde partió desde Lisboa rumbo a la Bahía de Todos los Santos, cargado con oro, especias y esclavos capturados en África. Entre ellos iba Umaí, una joven de piel oscura y ojos tan brillantes como la luna. Dicen que era hija de una sacerdotisa y que su madre, al verla encadenada, maldijo a los hombres que la apartaban de su hogar.
Umaí no lloró ni suplicó. Pasó la travesía en silencio, contemplando el mar con una intensidad que incomodaba a los marineros. Uno de ellos, el primer oficial Duarte, quedó fascinado con su belleza y decidió tomarla como suya. Umaí resistió con todas sus fuerzas, pero el hombre, cegado por el deseo y la arrogancia, ignoró su voluntad.
La noche siguiente, el Ouro Verde se vio atrapado en una tormenta descomunal. Las olas eran montañas líquidas que zarandeaban el barco como si fuese un juguete. En medio del caos, Umaí se soltó de sus cadenas y, con una mirada de furia y liberación, se arrojó al mar. Duarte intentó detenerla, pero fue demasiado tarde. Mientras su cuerpo desaparecía en la espuma, un sonido antinatural se elevó por encima del rugir del viento. Un canto oscuro, profundo, que resonó en los huesos de cada hombre a bordo.
Desde entonces, el Ouro Verde nunca llegó a puerto. Al amanecer, solo se encontraron restos flotando entre las aguas agitadas, pero no había rastro de sus tripulantes. Dicen que la maldición de Umaí se cumplió aquella noche y que su alma nunca se perdió en el océano. Se transformó en algo más.
Los pescadores de la costa empezaron a contar historias de una figura femenina que emergía entre la bruma en las noches de luna llena. Su piel era oscura como las profundidades del Atlántico, y su cabello flotaba como algas meciéndose con la corriente. Pero lo más aterrador era su canto: una melodía que no se podía ignorar, que llamaba a los hombres con promesas de amor y desesperación.
Algunos decían que la Sirena Negra no cantaba por placer, sino por venganza, buscando arrastrar a las profundidades a los descendientes de aquellos que la habían condenado. Otros aseguraban que su lamento no era una trampa, sino un llanto de dolor eterno, un eco de su sufrimiento convertido en canción.
Lo cierto es que cada vez que un barco desaparecía sin explicación en aquellas aguas, los ancianos murmuraban su nombre con respeto y temor. Se decía que aquellos que la veían, aunque lograran resistir su llamado, jamás volvían a dormir en paz. Sus voces temblaban al relatar cómo, en medio de la negrura del océano, unos ojos brillantes los observaban desde la espuma, y un canto, profundo como la marea, les susurraba secretos que ningún hombre debía conocer.
Hasta el día de hoy, los pescadores de la Bahía de Todos los Santos evitan navegar de noche cuando la luna está alta y las aguas están en calma. Porque saben que la Sirena Negra aún espera en las sombras, y que su canto sigue resonando en el viento.